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Cuando se casan los amigos...

Uno de los daños colaterales de cumplir 27 años es, además de las incipientes entradas y de las primeras y desafiantes canas, ver cómo tus amigos se casan. Claro está que, estrictamente hablando no es ningún daño, a no ser que seas tan materialista que ante la boda de un amigo lo que más te preocupe sea el desembolso monetario que supone regalo y/o la aportación económica para los novios.

Como los últimos referentes de boda que tengo (salvo un caso el año pasado) datan de mi adolescencia, realmente tengo una visión algo distorsionada de lo que supone un enlace. Cuando eres adolescente asistes a una ceremonia larga e incomprensible, te vistes con ropa que jamás volverás a usar en tu vida y has de aguantar los sonoros (cuando no húmedos) besos de decenas de señoras que nunca has visto y que no sólo aseguran ser tus familiares sino que además te recuerdan con aire magistral cuál era tu aspecto y tu carácter cuando eras un feliz niño.

Comprenderéis que oiga la palabra boda y me vengan esas imágenes a la mente y que por ello no me entusiasme en exceso. Pero el sábado pasado fue la despedida de soltero de JAC y noté como todos aquellos recuerdos del pasado, que habían resistido incólumes hasta la fecha, perdían consistencia hasta convertirse en ligeras espirales de ceniza, que ahora ya levitan ingrávidas en el océano de mi memoria.

Por fin entendí la Boda como una fiesta. Una fiesta porque JAC, con el que compartí mucho más que exámenes y profesores durante años, había encontrado una persona con la que construir un proyecto vital. Una fiesta porque pese a las dificultades del mercado habían logrado encontrar un tranquilo y apacible rincón donde poder pasar las duras noches de invierno juntos, donde llorar y reír y donde poder dar la vida a nuevos seres humanos, es decir, darles la posibilidad de empezar una aventura muchas veces cruel e incierta, pero tantas otras veces entrañable y enriquecedora. Una fiesta porque, aunque eso de casarse y formar familias no esté de moda, en el fondo de nuestros duros corazones individualistas sabemos que eso es la llave de la felicidad. Y al ver que JAC tiene esa llave en su manojo, yo no pude menos que sentirme feliz, muy feliz... y celebrarlo.

Os pongo una canción que reflexiona (aunque a simple vista no lo parezca) sobre esto que hoy me ha dado por escribir.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me has dejado sin palabras: símplemente brillante!
QAC

Jordi LC dijo...

Muy bien este comentario!! Completamente de acuerdo contigo!

Jordi Lopez

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